vialibre 19/03/2026
En el marco del mes de la mujer, la conversación corporativa suele centrarse en cifras visibles: cuántas mujeres ocupan posiciones ejecutivas, cuántas integran consejos de administración, cuántas lideran áreas estratégicas. Son avances relevantes, pero insuficientes. Detrás de estos indicadores persiste un costo invisible que pocas organizaciones miden con rigor: el precio de sostener el liderazgo femenino en estructuras que aún privilegian modelos lineales, verticales y de presión constante.
Para Beatriz Cruz Santana —consejera en banca comercial, estrategia y gobierno corporativo, aliada de KPMG y participante en la encuesta Mujeres de la Alta Dirección en México y Centroamérica 2026— el desafío no está solo en alcanzar la representación, sino en transformar las condiciones del poder. Con más de 27 años de trayectoria en el sistema financiero mexicano, Cruz Santana advierte que la discusión sobre equidad se agota si no se cuestiona la arquitectura misma de la alta dirección.
“La alta dirección siempre ha sido exigente, pero para las mujeres implica una presión adicional: validar permanentemente la legitimidad del lugar que se ha ganado”, señala.
La evidencia apunta a una tensión estructural: el avance del talento femenino convive con barreras que limitan su permanencia. Hoy, las mujeres en posiciones directivas han dejado de ser espectadoras de su desarrollo. Invierten en formación continua, construyen redes de influencia, acceden a mentoría y fortalecen capacidades estratégicas. No se trata solo de crecimiento individual, sino de una lógica de habilitación colectiva. El resultado es una generación de liderazgos más resilientes, adaptativos y orientados a largo plazo.
Sin embargo, este avance convive con fricciones persistentes y profundamente estructurales. Una de las más determinantes es el acceso desigual a proyectos de alto impacto, espacios donde se construyen visibilidad, influencia y capital político. A ello se suma la limitada apertura a la colaboración en ciertos niveles de alta dirección, lo que restringe la inclusión real en los círculos donde se toman decisiones estratégicas y se define el futuro de las organizaciones.
El costo de este entorno es tangible. De acuerdo con la encuesta de KPMG, el 45% de las mujeres directivas reporta burnout; 32% no se percibe como sucesora o no cuenta con un plan estructurado para llegar a la alta dirección; 31% identifica desigualdad de oportunidades; y 13% señala la ausencia de políticas con perspectiva de género en momentos críticos. A nivel personal, persiste una carga estructural: incluso en posiciones de liderazgo, las mujeres continúan asumiendo la mayor responsabilidad en el cuidado familiar.
Las consecuencias son profundas: desmotivación, desgaste emocional y debilitamiento del sentido de pertenencia. El diagnóstico es claro: no se trata de una brecha de talento, sino de un desajuste sistémico.
Cruz Santana sostiene que la competitividad empresarial depende tanto de estructuras sólidas como de liderazgos coherentes con propósito. Bajo esta premisa, hoy enfoca su trabajo en dos frentes: por un lado, acompaña a empresas medianas y familiares en la profesionalización de sus estructuras mediante Consejos Consultivos con estándares internacionales; por otro, asesora a líderes en procesos de alineación estratégica personal, integrando resultados, propósito y sostenibilidad individual.
“Durante años medí el éxito en crecimiento y resultados comerciales. Con el tiempo entendí que la verdadera sofisticación está en decidir qué estamos dispuestas a sostener y qué necesitamos proteger. Esa conversación no suele estar en los comités ejecutivos, pero define la permanencia del talento femenino”, afirma.
Esta visión se articula en su libro Todas las mujeres que he sido, donde plantea que abordar el liderazgo femenino únicamente desde la representación resulta insuficiente. La discusión, propone, debe evolucionar hacia la autonomía estratégica, la negociación del poder, la construcción de límites y la redefinición del éxito. En este sentido, plantea una agenda concreta para las organizaciones: incorporar métricas más sofisticadas, como la rotación diferenciada por género, el análisis de cargas invisibles del liderazgo y la revisión de esquemas de disponibilidad permanente.
“La representación es el punto de partida, no la meta. Si no transformamos las condiciones estructurales, seguiremos celebrando avances que no son sostenibles”, concluye.
El liderazgo femenino no es una agenda paralela. Es una variable crítica de competitividad. Ignorar su costo invisible ya no es una omisión cultural: es una desventaja estratégica.